Capítulo IX
La hembra
El joven de Tari sabía montar a una hembra. De chicos jugaban con las niñas pequeñas a montar. De jóvenes llegaba otro deseo de hacerlo y la semilla de la vida comenzaba a fluir por sus miembros de hombre. A ellas les crecía allí el pelo y el juego ya no era permitido. Pero los jóvenes jugaban si podían y ellas les dejaban. Pero entonces quienes se lo impedían eran los hombres. Las querían para sí y las llevaban a sus pieles y a sus fuegos y los muchachos debían apartarse. Los hombres ya no los toleraban y era peligroso querer seguir con los juegos. El golpe caía y hasta podía clavarse la lanza. El joven de Tari lo sabía y había sido muy prudente.
La muerte de los cazadores le había dado hembra. Una hembra madura, casi vieja. Y él apenas sí había dejado de ser niño. La hembra además amamantaba. El joven de Tari atendió a su fuego y trajo carne. Pero no quiso ejercer su derecho a montar a la hembra que se alimentaba de su caza. Ella tampoco quiso durante algún tiempo, pero cuando llegaron algunos calores en verano lo requirió a su carne y él sació su deseo. Cuando llegó el frío, la mujer lo quiso en las pieles, pero él procuró no quedarse en ellas y mantener las suyas, a las que retirarse después de los jadeos. La hembra era vieja y ya no quedó preñada.
La hembra tenía una hija y aquel verano creció en su cabaña. La sonrisa del primer día se hizo luego risa y en los ojos aparecieron miradas que seguían siempre el paso del joven de Tari allí donde fuera. La hija de la hembra se negó a seguir los juegos de los muchachos y a dejar que ninguno la montara. Sólo deseaba que fuera el joven de Tari quien lo hiciera, pero quien lo aprovechaba era su madre.
La joven creció aquel verano, y al llegar la estación en la que caen las hojas, hubo cazadores que quisieron llevársela a su luego. El joven de Tari habló con el jefe, el hombre que vivía en el fuego de su madre, y le dijo que él cuidaría ese invierno de las dos como había hecho hasta ahora y que no quería que se fuera. La hembra vieja estuvo de acuerdo y no quiso tampoco que su hija se marchara. El jefe de Tari se rió contemplando al más joven de todos sus cazadores y al que por tantas cosas más apreciaba y se vio a él mismo cuando buscó en tiempos a su madre. El jefe de Tari sabía bien que aquél llevaba su semilla, y aunque debía ser justo con todos, mantener a la joven en la cabaña le pareció un acto bueno y justo, y así lo hizo saber a la Roca.
La muchacha respiró tan aliviada y estuvo tan contenta que su madre pensó aquella noche, cuando el joven de Tari no quiso yacer con ella una vez más, si quizás no hubiera sido mejor que la hubiera entregado a cualquiera de quienes la reclamaban. Pero ya era tarde. Y la madre pensó que así sería, en el fondo, mejor y que no era cuestión de que otro hombre viniera a aquel fuego ni que, y a lo peor, tuviera que separarse de su hija. Ella sería quien la cuidaría cuando los dientes y las piernas le fallaran.
El joven de Tari sabía cómo montar a una hembra, pero no sabía por qué, cuando montó a aquélla, después, al oír cantar a la codorniz, le entraban aquellos deseos irrefrenables de volver a la cabaña y reír de nuevo con ella.
La joven lo estaba esperando aquella noche que regresó de la fuente del Chorrillo, cuando oyó la voz de la avecilla recién llegada. Lo estaba esperando y no le importó que su madre la viera. Fue ella quien se metió en las pieles del joven de Tari y quien le dijo que estaba muy alegre porque no la había entregado a nadie. Que ella le daría hijos y que jugarían a todo lo que él quisiera y que no le importaría si también había de satisfacer a su madre.
Todo era risa en la cabaña, pero la voluntad del jefe y la suya no eran suficientes para acallar a quienes querían a aquella hembra joven, y uno más osado, creyendo que tan joven rival cedería, no dudó en arrebatársela.
No esperó mucho. Simplemente aguardó a que el muchacho saliera para una cacería a la que él no fue convocado, la cogió y se la llevó a su tienda sin hacer caso ni a los gritos suyos ni a los de su madre. Seguro de su fuerza y de los años sobrados que le sacaba pensó que el joven de Tari tan sólo se atrevería a reclamar ante el jefe y él ya tenía respuesta preparada y aliados apalabrados que le apoyarían. Aquel joven lobezno no tenía por qué gozar de la más hermosa de las jóvenes hembras de Tari.
No contaba con que el muchacho llevaba la marca de un lobo en el brazo. Al regresar de la caza, notó primero el silencio del poblado a su paso y supo qué no debía hacer al tener que callar el chillerío de la hembra vieja. Lo que debía hacer lo haría solo y sin consultar a nadie ni a nadie pedir amparo. Porque él era ya un cazador de Tari y alguien le había robado lo que era suyo.
Cogió un venablo ligero. Se fue a la cabaña y llamó al otro con una voz de desafío mientras el poblado miraba y el jefe acudía. Salió su rival levantando la piel gruesa de la entrada y dio un paso. No dio más. El venablo le atravesó el costado y el hombre cayó de lado, intentando arrancárselo. El joven de Tari estaba a punto de alcanzarlo con el hacha de piedra cuando el jefe y algunos más lo sujetaron y pudieron separarlo de su presa. Se llevaron al herido para sacarle la azagaya y ver de salvar su vida.
El joven de Tari llamó a su hembra y ella salió corriendo hacia él. Los dos, sin mediar palabra, se volvieron a su cabaña. El poblado supo que había un hombre en Tari al que no se podía robar nada. El herido no murió y odió a quien lo había derrotado, pero le tuvo miedo para siempre y cedió a su paso en la caza y ante el fuego.
La noche del cazador
Echa a andar hacia el crepúsculo, buscando silenciosamente el silencio y el frescor de la oscuridad. Y todos sus silencios, y cada uno de sus roces, y el sobresalto de todos sus sonidos. Porque nada suena como la noche del cazador ni nada tiene más silencios escudriñados como aquellos que suceden a un leve chasquido, a un mínimo tamareo y que, casi siempre, desaparecen y se diluyen en la nada.
La noche del cazador tiene en el preámbulo las voces, previas al silencio que descorrerá la cortina de las voces nocturnas, de los mirlos, que unas veces suenan con toda la armonía del atardecer y otras con toda la algarabía de las alarmas y el sobresalto. Tiene también el zureo tardío, ya como más echado, de alguna paloma. Tiene pájaros cerca de la charca y si hay charca. Tiene insectos que zumban y puede tener muchos mosquitos vibrando peligrosamente cerca de nuestra oreja. Puede tener incluso a la última codorniz. Pero habrá un momento en que todas se paralicen. Casi de golpe. Hasta el rebullir de los conejos parece haberse detenido.
Hasta que suena profunda la voz del autillo. La noche cálida del verano ya está sobre el cazador y ahora silba la brisa de otra manera entre las encinas, y de otra manera siente agitarse las retamas. Entonces, el cazador humano mira hacia arriba en busca de luna y de las tres estrellas juntas en la cintura del cielo. Y el lobo se para en un altozano y ventea los efluvios que le trae el aire. Y los dos se quedan inmóviles cuando rompe la noche el ladrido cercano de un corzo en celo o el inconfundible acercarse regruñendo de una piara. El hombre comprueba, una vez más, de dónde sopla el viento, para ponerse a su favor y tenerlo siempre en la cara, y el lobo se amaga y se pierde, sombra entre las sombras, en la oscuridad.
La luna más hermosa salió anoche. El crepúsculo se esfumaba tenue hacia el naciente, conservando todavía un rescoldo de brasas por poniente, entre los gritos alborotados de los mirlos. El hombre acecha, inmóvil, sobre el manantial y la pequeña poza de agua, en un pequeño valle dando cara a una costera punteada en su viso por encinas de redondas copas. Tras una empezó a brillar el astro nocturno y de ella emergió con redondez perfecta hasta separarse del horizonte y alcanzar el cielo mientras de la tierra oscura subía acompañándola la armoniosa algarabía de los grillos.
Lentamente, y según se alzaba, comenzó a bañar los árboles, luego los matorrales y finalmente umbrías y oquedades del sombrío suelo para hacerles de nuevo perfilarse y tomar sus individuales formas desligándolos de la amalgama de la tiniebla. Pero eran otras formas y otro color. Otra luz inusual que nos estremece y nos inquieta, porque no es su luz, la luz bajo la que caminan los hombres. Es la luz que ama el lobo, bajo la que camina el lobo y a la que el lobo ama.
Pero esta noche no parece querer hablar. La noche clara se limpia aún más hasta hacerse casi traslúcida en un cielo donde a las estrellas les cuesta hacerse notar e insinuar su parpadeo. Sólo algunas hilachas de nubes, como guedejas lanosas, se atisban en algún costado del firmamento sin estorbar el paso de la luna llena.
Daban ya sombras las encinas en el monte cuando detrás de aquella de la costera, de la misma copa y por idéntico lugar, surgió, siguiendo al astro, un lucero. Ninguna estrella lo igualaba, porque no es ninguna de ellas, sino un cascabel de luz, como un pequeño recental que sigue, sin intentar alcanzarla, respetuosamente, el paso de su madre.
El bosque alrededor de la fuente asomaba sonidos que no acababan nunca de continuarse, amagaba chasquidos, el rebullir de un conejo o el atisbo de algún pájaro nocturno, cuando se rasgó de pronto el velo del silencio con el ansioso guarrido de un zorro en celo escandalizando al monte. El grito del raposo se alargó a intervalos, haciéndose oír en los collados o aflautándose al transitar por cárcavas y hendiduras. Danzó su alarido durante un tiempo, ahora pareciera que acercándose, luego lejano, y una vez ya no volvió a repetirse, dando la sensación de que su voz nunca hubiera estado.
Y es entonces cuando se levanta la verdadera voz a la luna. Es en ese instante cuando el lobo detiene su trole, olvida al corzo que ha ladrado y responde al zorro enloquecido. El lobo está en la cuerda, dominando los valles. Se asoma al viso y el canto le brota de lo más profundo del pecho y lo lanza al aire. Es un aullido largo, sostenido, que recorre todo el espacio y parece alargarse y extenderse por todo su cazadero. El hombre se encoge inconscientemente en su escondrijo en la fuente, y los hombres de Tari, allí en su roca, no pueden dejar de volver la mirada hacia lo alto, hacia los rostros del monte de donde proviene la voz que afirma la posesión de la noche. La noche es del lobo y el hombre lo sabe. El de la fuente y los de la Roca. El lobo se siente dueño y lo proclama. Y luego escucha, quiere que le contesten otros lobos. Esta noche el lobo no tiene ni siquiera miedo a que su voz pueda encontrar la respuesta de otra voz de otra manada. Del lobo que ha vencido a su padre.